
Secretario política educativa CNUS
Asdrúbal Sepúlveda es activista social, dirigente sindical y consultor en planificación, formulación y evaluación de proyectos sociales. Cuenta con experiencia en desarrollo institucional, educación popular y gerencia de proyectos. Actualmente es secretario de Políticas Educativas de la CNUS, presidente de UNAM-RD y director ejecutivo de FUNCENSALUD.
Cada época ha tenido su propio miedo. Cambian los escenarios, los protagonistas y las palabras con que se expresa, pero persiste una inquietud profunda: el temor de que el futuro destruya aquello que conocemos, controle nuestras vidas o vuelva inútil lo que hasta ayer parecía indispensable. Es lo que pasa hoy con la Inteligencia Artificial, refleja máquinas pensantes y miedo a que nos sustituyan, nos dominen o nos hagan irrelevantes.
En otros tiempos, el miedo social tuvo rostro de dioses castigadores, monstruos mitológicos, enfermedades inexplicables y profecías sobre el fin del mundo. Durante la Edad Media, el temor se concentró en la condena divina, el juicio final y la destrucción de la humanidad. Más tarde, con el surgimiento del Estado moderno, el miedo se trasladó al caos político y a la violencia social. Thomas Hobbes lo resumió en la poderosa figura del Leviatán: ante el peligro de una sociedad sin orden, los seres humanos podían aceptar un poder fuerte que garantizara seguridad.
El siglo XIX conoció también su propio fantasma. El Manifiesto Comunista habló de un espectro que recorría Europa, mientras las clases dominantes temían que las masas excluidas cuestionaran el orden económico, la propiedad y los privilegios establecidos. En el siglo XX, la Guerra Fría convirtió la destrucción nuclear en una amenaza permanente. La humanidad descubrió que podía desarrollar una capacidad técnica tan poderosa que era capaz de poner en peligro su propia existencia. Luego llegaron las preocupaciones por la genética, la clonación y la manipulación de la vida. El temor ya no era únicamente que la naturaleza se volviera hostil, sino que el ser humano, en su afán de dominarla, terminara alterando los límites de su propia identidad.
Hoy, el nuevo rostro del miedo se llama inteligencia artificial. La IA aparece ante muchas personas como una máquina pensante que puede sustituir empleos, desplazar la creatividad, vigilar decisiones, concentrar poder y convertir a los seres humanos en piezas prescindibles de un sistema tecnológico. No faltan quienes imaginan un futuro dominado por algoritmos, robots y máquinas autónomas, como si la ciencia ficción se hubiera convertido de repente en una realidad inevitable.
Pero conviene detenernos. El miedo no debe ser despreciado, porque es una emoción legítima y útil. El miedo ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes. Gracias a él aprendimos a protegernos de depredadores, a construir refugios, a cooperar y a anticipar amenazas. El temor ante las enfermedades impulsó la medicina; el miedo a la guerra fortaleció la investigación científica y la cooperación internacional; el miedo al desorden ayudó a crear normas, instituciones y Estados.
El problema comienza cuando el miedo deja de ser una alerta y se convierte en pánico, prejuicio o parálisis. Entonces, en lugar de ayudarnos a comprender los riesgos, nos impide actuar con inteligencia. La inteligencia artificial no es una fuerza sobrenatural ni una mente independiente de la humanidad. Es una herramienta creada por seres humanos para procesar datos, reconocer patrones, realizar predicciones, generar contenidos o apoyar decisiones. Detrás de cada sistema de IA existen personas, empresas, instituciones, intereses económicos, datos seleccionados y decisiones políticas.
La IA actual no piensa, no siente ni tiene conciencia como un ser humano. No posee por sí misma valores, compasión, responsabilidad ni sentido moral. Puede procesar información con enorme velocidad, pero no comprende la vida humana en toda su complejidad. Por eso, el verdadero riesgo no es que las máquinas “despierten” de repente y dominen el mundo, sino que los seres humanos renunciemos a nuestra responsabilidad y permitamos que decisiones esenciales sean tomadas sin control democrático, sin ética y sin protección de derechos.
Uno de los mayores temores está relacionado con el empleo. Muchas personas preguntan, con razón, si la inteligencia artificial eliminará millones de puestos de trabajo. La respuesta no es sencilla. La IA automatizará numerosas tareas, especialmente las repetitivas, administrativas o basadas en el procesamiento de información. Algunas ocupaciones desaparecerán, otras se transformarán y surgirán nuevos oficios que hoy apenas conocemos. El peligro no reside solamente en que cambie el trabajo, sino en que esa transformación ocurra sin preparación, sin capacitación y sin justicia social. Una sociedad que permita que la tecnología sustituya trabajadores sin ofrecer alternativas de formación, protección laboral y oportunidades reales estará ampliando la desigualdad.
La discusión no debe ser si la IA crea o destruye empleos, sino quién se beneficia de sus ganancias, quién asume los costos de la transición y qué políticas se adoptarán para que nadie quede abandonado. La tecnología puede aumentar la productividad, mejorar servicios de salud, facilitar la educación, reducir tareas agotadoras y abrir nuevas oportunidades. Pero también puede profundizar la precariedad, la vigilancia laboral y la exclusión si se utiliza únicamente para reducir costos y concentrar poder.
La creatividad es otra de las preocupaciones. Hoy, un sistema puede producir textos, imágenes, músicas y videos en pocos segundos. Esto ha llevado a muchos a preguntarse si la creación humana perderá valor. Sin embargo, la creatividad no consiste solamente en combinar palabras, sonidos o colores. Crear implica experiencia, memoria, sensibilidad, imaginación, cultura, dolor, esperanza y propósito. Una máquina puede imitar estilos, pero no vive. Puede generar una imagen, pero no conoce el significado íntimo de una ausencia, una lucha, una injusticia o una alegría. La inteligencia artificial puede ser una herramienta útil para ampliar capacidades creativas, pero no debe reemplazar la formación, el pensamiento crítico ni el valor de la experiencia humana.
También debemos preocuparnos por la concentración tecnológica. Las grandes empresas que controlan datos, plataformas, infraestructura digital y capacidad de cómputo acumulan un poder cada vez mayor. Si la inteligencia artificial queda en manos de unos pocos actores económicos, podría profundizar la desigualdad entre países, empresas, comunidades y personas. El acceso a esta tecnología no puede ser un privilegio de las élites. Debe convertirse en una oportunidad para las pequeñas empresas, los trabajadores, los estudiantes, las comunidades rurales y las personas mayores. La alfabetización digital y el acceso responsable a herramientas de inteligencia artificial deben ser parte de una política pública orientada a la inclusión.
Particular atención merecen las personas mayores. En sociedades que envejecen, como la nuestra, no podemos permitir que la digitalización se convierta en un nuevo mecanismo de exclusión. La tecnología no debe reforzar prejuicios sobre la supuesta incapacidad de los adultos mayores para aprender o adaptarse. Por el contrario, debe contribuir a fortalecer su autonomía, facilitar el acceso a servicios, apoyar el aprendizaje continuo y valorar su experiencia en la vida social y productiva.
El miedo a la IA tampoco puede enfrentarse desde una sola instancia. La política debe establecer reglas; las empresas deben asumir responsabilidad; los sindicatos deben defender los derechos de los trabajadores; las universidades deben formar ciudadanos críticos; los medios de comunicación deben informar con rigor; y las organizaciones sociales deben vigilar que la tecnología no se convierta en una herramienta de discriminación.
La ética también tiene una responsabilidad decisiva. Hay decisiones que no deben ser entregadas exclusivamente a algoritmos: contratar o despedir a una persona, definir el acceso a un crédito, determinar una atención médica, decidir sobre la libertad de alguien o clasificar ciudadanos según perfiles invisibles. En todos esos casos debe existir supervisión humana, transparencia, derecho a explicación y posibilidad de reclamar.
No se trata de detener la inteligencia artificial, como tampoco fue posible detener la imprenta, la electricidad, el automóvil o internet. Se trata de gobernarla. Se trata de evitar que la innovación avance sin justicia y que el desarrollo tecnológico se convierta en una nueva forma de exclusión. El miedo a la inteligencia artificial es, en el fondo, un espejo. Nos devuelve preguntas sobre el tipo de sociedad que queremos construir. Nos obliga a decidir si la tecnología servirá para ampliar la dignidad humana o para reducirla; si contribuirá a distribuir oportunidades o a concentrar privilegios; si fortalecerá la democracia o si consolidará nuevas formas de control.
La IA puede ser una amenaza si se deja en manos de la desigualdad, la irresponsabilidad y la ausencia de regulación. Pero también puede ser una oportunidad extraordinaria si se pone al servicio del conocimiento, el trabajo decente, la inclusión, la salud, la educación y el bienestar colectivo. El miedo no debe ser el final del camino. Debe ser el punto de partida para una discusión seria, democrática y humana sobre el futuro. La pregunta no es si la inteligencia artificial llegará a nuestras vidas. Ya está aquí. La verdadera pregunta es quién la orientará, con qué valores y para beneficio de quién.
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