Secretario política educativa CNUS
Asdrúbal Sepúlveda es activista social, dirigente sindical y consultor en planificación, formulación y evaluación de proyectos sociales. Cuenta con experiencia en desarrollo institucional, educación popular y gerencia de proyectos. Actualmente es secretario de Políticas Educativas de la CNUS, presidente de UNAM-RD y director ejecutivo de FUNCENSALUD.
La sociedad dominicana vive un desorden que no puede explicarse únicamente por la mala conducta de individuos aislados. La violencia cotidiana, la fragilidad de muchas familias, el irrespeto a las normas, la pérdida de autoridad en organizaciones comunitarias, la impunidad, la desconfianza hacia las instituciones y la normalización de prácticas que antes habrían provocado vergüenza son señales de una crisis más profunda. No estamos simplemente ante una suma de transgresiones. Estamos ante el agotamiento de formas de convivencia que ya no logran integrar, orientar ni comprometer a una parte importante de la sociedad.
La disociación interior del individuo, la pérdida de referencias éticas compartidas y la distancia creciente entre las normas escritas y la vida real revelan que el orden social vigente funciona mal. Las leyes existen, las instituciones existen, las autoridades existen; pero demasiadas veces no producen respeto, confianza ni sentido de pertenencia. Cuando una norma deja de ser reconocida como justa o útil para la vida común, deja de ordenar y comienza a ser percibida como una imposición externa.
Ese es uno de los dramas del país: se exige obediencia a ciudadanos que, en muchos casos, no encuentran en el Estado, en el mercado ni en las élites sociales una conducta que merezca ser imitada. No puede pedirse respeto absoluto por la ley mientras autoridades la violentan, funcionarios la utilizan selectivamente y sectores poderosos parecen vivir por encima de sus consecuencias. Tampoco puede reclamarse disciplina social mientras el clientelismo convierte los derechos en favores, la corrupción transforma lo público en botín y la desigualdad obliga a amplios sectores a vivir sin seguridad, sin protección y sin horizonte.
Sin embargo, sería un error trasladar toda la responsabilidad a la sociedad o a sus instituciones. El individuo no puede ser despojado de su autonomía moral. Quien roba, agrede, mata, abusa o destruye responde por sus actos. La precariedad, la exclusión o el mal funcionamiento del sistema pueden explicar parte del contexto, pero nunca deben convertirse en excusa para justificar la degradación humana.
La responsabilidad es doble: individual y colectiva. Cada transgresión expresa la decisión concreta de una persona, pero también revela una sociedad que no ha logrado producir límites eficaces, valores compartidos ni instituciones capaces de prevenir, corregir y sancionar. Culpar solamente al transgresor oculta la responsabilidad del orden que lo rodea. Culpar solamente al sistema borra la capacidad individual de elegir entre el daño y la responsabilidad.
La crisis dominicana exige asumir ambas verdades al mismo tiempo. La sociedad no surge espontáneamente ni se sostiene por inercia. Antes de que exista un orden social estable, existen conflictos, deseos, frustraciones, desigualdades, aspiraciones y búsquedas de reconocimiento que atraviesan la subjetividad de las personas y los distintos espacios de la vida colectiva. Cuando esas tensiones no encuentran canales de expresión, participación y diálogo, terminan manifestándose de manera desordenada, agresiva o contradictoria.
Por eso, el caos que percibimos no solo cuestiona el orden actual. También indica que se están formando nuevas sensibilidades, nuevos códigos y nuevas maneras de relacionarse que todavía no han encontrado un lenguaje político, institucional y cultural capaz de encauzarlas.
Una parte importante de esos signos aparece en la juventud y en los sectores populares: nuevas formas de hablar, de vestirse, de bailar, de producir música, de usar símbolos, de comunicarse en redes sociales y de expresar inconformidad frente a las jerarquías tradicionales. Estas expresiones suelen ser calificadas apresuradamente como vulgaridad, desviación o simple decadencia por sectores que se consideran cultos.
Pero esa reacción revela, muchas veces, más prejuicio social que comprensión cultural. Toda cultura viva incorpora conflictos, rupturas y formas nuevas de lenguaje. Lo que hoy se presenta como lenguaje culto fue, en algún momento, una forma popular, directa y poco reconocida por las élites. Las lenguas, las músicas, los gestos, las modas y las expresiones artísticas no se desarrollan en los salones cerrados de quienes pretenden custodiar la cultura: se alimentan también de la creatividad, la irreverencia y las necesidades expresivas del pueblo.
El problema no está en que los jóvenes alteren códigos lingüísticos, musicales o estéticos. El problema aparece cuando la sociedad no ofrece espacios para que esa energía se transforme en creación, pensamiento, organización y participación. Cuando la escuela solo corrige, pero no escucha. Cuando la política solo promete, pero no incorpora. Cuando los medios solo explotan la imagen de la juventud, pero no reconocen sus demandas. Cuando el Estado solo reprime, pero no entiende.
Entonces, la rebeldía puede degradarse en desesperación, violencia o nihilismo. No debemos romantizar el caos. La violencia, la misoginia, el irrespeto a la vida, la destrucción de bienes comunes, la delincuencia y la intolerancia no son expresiones liberadoras ni formas legítimas de rebeldía. Son síntomas de un deterioro que debemos enfrentar con firmeza. Pero tampoco podemos combatirlos mediante el moralismo fácil, la estigmatización de los pobres o la nostalgia de un pasado idealizado que nunca existió para todos.
La verdadera pregunta no es por qué la sociedad se comporta de manera distinta a como las élites esperan. La pregunta es por qué las instituciones tradicionales ya no logran generar respeto, confianza, adhesión ni esperanza. Una sociedad se vuelve peligrosa cuando sus miembros sienten que no tienen nada que defender porque nada les pertenece realmente. Cuando los derechos no se garantizan, el empleo es precario, la justicia parece selectiva, la educación no abre oportunidades y la política se vive como negocio de unos pocos, la convivencia pierde su base moral.
En esas condiciones, crecen la indiferencia, el resentimiento, la conducta destructiva y la búsqueda de pertenencia en grupos, símbolos o prácticas que ofrecen identidad inmediata, aunque sea a costa de la convivencia colectiva. El filósofo Sigmund Freud llamó “malestar en la cultura” a esa tensión permanente entre los impulsos individuales y las exigencias de la vida social. Ese malestar no es una anomalía ocasional; forma parte de toda civilización. Pero se vuelve explosivo cuando una sociedad carece de mecanismos legítimos para procesarlo: educación crítica, trabajo digno, espacios culturales, organizaciones sociales autónomas, participación política real, justicia efectiva y reconocimiento de la diversidad.
La República Dominicana necesita nuevas coordenadas políticas para comprender esa complejidad. No bastan las recetas de siempre: más propaganda, más promesas, más leyes sin aplicación, más represión sin prevención o más discursos que culpan a la gente por problemas que también nacen de la desigualdad, el abandono y el mal funcionamiento institucional.
Necesitamos una política que lea las señales profundas de la sociedad, no solo sus expresiones superficiales. Una política capaz de escuchar a la juventud sin idealizarla; de reconocer la creatividad popular sin convertir la vulgaridad en virtud; de sancionar la violencia sin criminalizar la pobreza; y de reconstruir normas comunes sin imponer obediencia ciega. El desafío no es restaurar artificialmente un orden que ya perdió vigencia. El desafío es construir formas nuevas de integración social, donde la autoridad sea legítima porque sirve, la ley sea respetada porque protege, la cultura sea plural porque incluye y la ciudadanía sea activa porque participa.
Los signos de rebelión que atraviesan la sociedad dominicana pueden convertirse en más fragmentación y barbarie, o pueden abrir camino hacia una renovación cultural y política. La diferencia dependerá de si seguimos respondiendo con desprecio, silencio y represión, o si somos capaces de transformar el malestar social en organización, pensamiento, participación y un nuevo compromiso con la vida colectiva. O sea que nos adentremos en los multidimensionales procesos de convertir pasiones en intereses, e intereses en ideales; tema de una próxima entrega
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